Imagina que te guste una chica… que llevas tonteando con ella un tiempo y todo va genial. Pero de pronto un día tarda en contestarte al WhatsApp más de lo habitual… y empiezas a rayarte. ¿Le habré dejado de gustar? ¿Habrá conocido a otra persona? ¿Le pareceré pesada? ¿Querrá seguir conociéndome?
O otra situación: todo va fenomenal hasta que empieza a ponerse serio y te entran los agobios. De pronto necesitas espacio, aparecen características que no te gustan y sólo eres capaz de decirle: vamos viendo, poco a poco, no quiero nada serio.
Pues esto sería una pequeña introducción al mundo del apego. Seguro que has oído hablar del apego seguro, ansioso o evitativo… pues estos pueden ayudarnos a entender cómo reaccionamos ante la intimidad, la distancia, el miedo al rechazo o la posibilidad de perder a alguien.
Primero: ¿qué es exactamente el apego?
El apego es la manera en la que construimos vínculos emocionales y buscamos seguridad en nuestras relaciones. Se crea a partir de nuestras experiencias: cuánto podemos confiar en otra persona, cómo reaccionamos cuando sentimos distancia o qué hacemos cuando alguien empieza a acercarse demasiado.
Algo que debemos tener en cuenta: tu estilo de apego no es tu signo del zodiaco.
El estilo de apego puede cambiar a lo largo de tu vida, dependiendo de las personas que establezcas relaciones, de tus experiencias o del momento vital en el que estés.
Dicho esto, podemos hablar de tres grandes tendencias: segura, ansiosa y evitativa.
Apego seguro: «te quiero, pero puedo sobrevivir si tardas en contestarme»
Las personas que tienden hacia un apego seguro suelen sentirse cómodas tanto con la intimidad como con cierta autonomía dentro de la relación. Pueden expresar cariño, pedir lo que necesitan, poner límites y aceptar que la otra persona también tenga sus propios espacios.
En la sexualidad esto puede traducirse en algo especialmente importante: comunicación.
Existe una mayor facilidad para expresar deseos, hablar sobre límites, escuchar a la otra persona y entender el encuentro sexual como un espacio compartido.
Además, la satisfacción no depende únicamente de “cuánto sexo tenemos”, sino de cómo vivimos esos encuentros y de la conexión que existe dentro de ellos.
Básicamente: puedo quererte muchísimo sin necesitar de hacer una fusión lésbica.
Apego ansioso: «¿estás enfadada conmigo?»
Mandas un mensaje. Lo lees. No contesta. Han pasado media hora y tu ya te has creado 150 teorías diferentes.
Cuando predomina la ansiedad de apego puede aparecer una mayor sensibilidad ante cualquier señal que interpretemos como distancia o posible abandono.
Un mensaje más corto de lo habitual, menos iniciativa sexual, una noche en la que prefiere quedarse en casa o simplemente necesitar espacio pueden convertirse en señales de alarma.
Por eso pueden aparecer conductas de hipervigilancia: buscar constantemente señales de que todo está bien, necesitar mucha reafirmación o interpretar determinadas situaciones desde el miedo a perder el vínculo.
Esto también podemos extrapolarlo al sexo: en ocasiones podemos aceptar prácticas o encuentros que realmente no nos apetecen tanto porque buscamos sentirnos queridas, deseadas o seguras dentro de la relación.
Aquí conviene recordar algo fundamental: tener sexo no debería convertirse en una prueba de amor ni en una herramienta para evitar que alguien se vaya.

Apego evitativo: «me gustabas más cuando no sabía que me gustabas»
También puede ocurrir lo contrario. Hay personas que se sienten cómodas mientras existe cierta distancia, pero empiezan a experimentar malestar cuando aumenta la intimidad emocional.
Cuando la relación empieza a implicar vulnerabilidad, compromiso o dependencia mutua pueden aparecer estrategias para recuperar distancia: desconectarse emocionalmente, restar importancia a lo que sienten, evitar determinadas conversaciones o centrarse repentinamente en todos los defectos de la otra persona.
Eso no significa que las personas con tendencias evitativas no quieran relaciones o no puedan enamorarse. Muchas veces significa que la intimidad activa mecanismos que han aprendido a utilizar para protegerse.
¿Y qué tiene que ver todo esto con las lesbianas?
Aquí viene la parte interesante.
Los estilos de apego no son exclusivos de las lesbianas, obviamente. Pero nuestras relaciones no existen dentro de una burbuja.
Las mujeres LBT podemos crecer con pocos referentes de relaciones entre mujeres, descubrir nuestra orientación después de haber aprendido durante años cómo se supone que debe funcionar una relación heterosexual o vivir experiencias de rechazo, ocultamiento o miedo relacionadas con nuestra orientación.
Y después está el pequeño detalle de que somos dos mujeres socializadas, en muchos casos, para cuidar muchísimo los vínculos y prestar atención al mundo emocional de las demás.
Eso puede crear relaciones increíblemente íntimas y comunicativas. Pero también puede hacer que algunas dinámicas se intensifiquen.
Hablar todo durante horas y horas. Volver a hablar de lo que acabamos de hablar. Analizar cómo nos sentimos después de haber hablado de cómo nos sentimos. Y mandar después un audio de siete minutos porque se me había olvidado una cosa.
¿Te suena?
Tu apego no es una sentencia
Quizá leyendo esto te hayas reconocido en varias partes. Perfecto.
Pero la intención no es que termines este artículo pensando: Soy ansiosa, estoy condenada.
Conocer nuestras tendencias puede ayudarnos precisamente a dejar de funcionar en piloto automático. Podemos aprender a identificar qué situaciones nos activan, comunicar nuestras necesidades sin exigir que la otra persona las adivine, tolerar determinados momentos de incertidumbre, poner límites y construir relaciones en las que podamos sentir cercanía sin perder nuestra autonomía.
La pregunta no es: “¿Qué tipo de apego tengo?” sino… ¿Qué necesito para sentirme segura en una relación y cómo puedo aprender a pedirlo sin dejarme a mí misma por el camino?
Y esa respuesta puede enseñarnos bastante más sobre nuestras relaciones que cualquier etiqueta.

Desde Fulanita recomendamos buscar profesionales de la psicología con formación y experiencia en diversidad LBT, que puedan acompañarte desde una perspectiva afirmativa y sin convertir tu orientación sexual en algo que haya que explicar, justificar o cuestionar.
Celia Naranjo – Psicóloga Socio – Comunitaria y Sexóloga