Las teorías más absurdas sobre el lesbianismo

Hace no tanto tiempo, ser lesbiana se consideraba algo que había que explicar.

La medicina llegó a plantear todo tipo de teorías: podía deberse a que tenías el clítoris demasiado grande, a que eras demasiado masculina, a una mala experiencia con los hombres o a algo que te había ocurrido durante la infancia.

Porque durante mucho tiempo se partió de una idea muy sencilla: lo normal era que a una mujer le gustaran los hombres. Si no era así, por supuesto era un problema.

Durante años se señaló al cuerpo, la mente, la familia, la educación o el entorno. Se buscó una explicación para todo menos para la más sencilla: que a una mujer podían gustarle otras mujeres.

Pero hay algo importante antes de seguir: no siempre se consideró el lesbianismo una “enfermedad». De hecho, durante buena parte de la historia ni siquiera existía el concepto de lesbiana tal y como lo entendemos hoy.

Antes de ser una enfermedad, fue un comportamiento inmoral

Si nos vamos siglos atrás, las relaciones entre mujeres no se entendían todavía desde conceptos actuales como orientación sexual o identidad.

Durante buena parte de la historia europea, las conductas sexuales se juzgaban principalmente desde la religión, la moral y las leyes. Es decir, el problema no era que una mujer estuviera enferma, sino que estaba realizando una conducta inapropiada. 

También había otro problema: una sociedad que entendía el sexo fundamentalmente alrededor del pene y la penetración (totalmente coitocentrista) tenía bastantes dificultades para comprender qué podían hacer exactamente dos mujeres juntas.

Lo típico: si dos mujeres mantienen una relación, alguien tendrá que ocupar el papel del hombre, ¿no?

Primera teoría: igual el problema está en tu clítoris

Una de las explicaciones históricas del sexo entre mujeres se buscó entre sus piernas. Especialmente durante los siglos XVIII y XIX aparecieron discursos médicos que relacionaban determinadas características de los genitales femeninos con las relaciones sexuales entre mujeres. Y aquí llegamos a la supuesta hipertrofia del clítoris.

Es decir, que una mujer con un clítoris grande podía usarlo como un hombre usaría su pene. “Por supuesto” que la función del pene siempre era necesaria. 

Segunda teoría: quizás eres demasiado masculina

Durante el siglo XIX comenzó a ganar fuerza otra idea: si normalmente son los hombres quienes desean a las mujeres y una mujer desea a otras mujeres, quizá esa mujer tenga algo masculino.

Así comenzó a construirse la figura de la mujer homosexual como una mujer «invertida» o masculinizada. Y la supuesta masculinidad podía buscarse prácticamente en cualquier parte: en su cuerpo, en la ropa, en que fuera en contra de las normas sociales, en que fuera independiente… y si además rechazabas el matrimonio con un hombre, podías resultar todavía más sospechosa.

El problema es que durante aquella época no existía una separación clara entre conceptos que hoy diferenciamos, como orientación sexual, identidad de género y expresión de género.

Tercera teoría: has nacido así… pero hay algo mal

A finales del siglo XIX apareció otra explicación. Algunos médicos hablaban de una supuesta degeneración o anomalía.

El psiquiatra Richard von Krafft-Ebing fue uno de los nombres fundamentales en esta etapa. En su obra Psychopathia Sexualis, publicada en 1886, clasificó diferentes comportamientos sexuales considerados desviados o patológicos e incluyó la homosexualidad dentro de este marco.

La conducta empezó a convertirse en diagnóstico.

Cuarta teoría: algo pasó durante tu infancia

Llegó el siglo XX y la pregunta siguió siendo la misma: ¿Por qué hay mujeres a las que les gustan otras mujeres?

Si no existía una característica física que permitiera identificar a todas las lesbianas, quizá había que buscar la respuesta en su desarrollo psicológico. Así cualquier cosa podía servir como explicación.

Por ejemplo: las relaciones familiares, una mala experiencia durante la infancia o un supuesto rechazo de la feminidad.

Diferentes corrientes psicológicas y psiquiátricas desarrollaron durante el siglo XX teorías que intentaban explicar por qué una persona acababa siendo homosexual.

La heterosexualidad se consideraba el destino natural. Todo aquello que se alejase de ella necesitaba una explicación.

Quinta teoría: seguro que has tenido una mala experiencia con hombres

Llegamos a un clásico que, desgraciadamente, ha sobrevivido bastante ya que sigue existiendo. 

La idea de que una mujer podía sentirse atraída por otras mujeres debido a una experiencia negativa con los hombres. Lo interesante de esto es que vuelve a colocar al hombre en el centro incluso cuando hablamos de lesbianas.

¿Os suenan estas frases?

“Eso es porque no has probado con un hombre de verdad”

“Seguro que tuviste una mala experiencia”

“Ya encontrarás a uno que te guste”

Sexta teoría: pasas demasiado tiempo con mujeres

También había que vigilar el entorno. Durante determinados periodos se consideró que los espacios exclusivamente femeninos podían favorecer las relaciones sexuales entre mujeres.

Internados, cárceles, conventos, residencias, colegios femeninos…

La ausencia de hombres podía utilizarse para explicar que mujeres supuestamente heterosexuales desarrollaran relaciones homosexuales de manera circunstancial.

Y entonces llegó oficialmente el diagnóstico

Todas estas teorías terminaron encontrando un lugar dentro de la psiquiatría del siglo XX. En 1952, la primera edición del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría incluyó la homosexualidad dentro de su clasificación diagnóstica.

Y que algo sea considerado una enfermedad tiene una consecuencia evidente: si existe una enfermedad, alguien intentará curarla.

Durante el siglo XX se utilizaron diferentes métodos con el objetivo de modificar la orientación homosexual, desde determinadas psicoterapias hasta técnicas conductuales aversivas (por ejemplo los electrochoques).

En 1973, la Asociación Americana de Psiquiatría eliminó la homosexualidad como diagnóstico del DSM tras un proceso de debate científico, profesional y activismo.

Y en 1990, la Organización Mundial de la Salud dejó de clasificar la homosexualidad como trastorno mental.

Al final el problema nunca fue el lesbianismo

Durante siglos cambiaron las teorías, los nombres y las supuestas causas. Pero todas esas explicaciones tenían algo en común: partían de que la heterosexualidad era lo normal y todo lo demás necesitaba una explicación.

Y aunque hoy pueda parecernos increíble leer que alguien relacionaba el lesbianismo con el tamaño del clítoris o con ser «demasiado masculina», algunas de aquellas ideas no nos quedan tan lejos.

Todavía hay quien pregunta quién «hace de hombre», quien piensa que una lesbiana lo es porque tuvo una mala experiencia o quien asegura que simplemente no ha conocido al hombre adecuado.

Tampoco hay que darle tantas vueltas: a las mujeres nos gustan las mujeres porque son mujeres.

Celia Naranjo – Psicóloga Socio – Comunitaria y Sexóloga

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